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Una Noche de los Museos en Cosmocaixa

Planetario desde el Parque de la Ciencia en Cosmocaixa

El pasado sábado 21 de mayo fue un día muy largo. Antaño cuando esto sucedía solía responder a largas sesiones de vicio, pero esta vez ha sido diferente.

La verdad es que me enteré por casualidad de la celebración de la Noche de los Museos, un evento donde al parecer multitud de museos dejan entrar gratis incluso a los miserables como un servidor y hasta altas horas de la noche. Viendo los actos previstos y que todo lo relativo al transporte me iba bien, estaba decidido a ir a Cosmocaixa. No quería perderme una plantada de telescopios tan oportuna.
No llegué con mucho tiempo de antelación; había un espectáculo en doble sesión y me tocó la de las 23h. Para mí sorpresa, también habían programadas sesiones gratuitas del anhelado planetario y pude conseguir la entrada para la sesión de las 24h. Ya no cogería el último tren, me tendría que enfrentar solo a la ciudad de madrugada y el oscuro bus nocturno.

Sí... Fue una pena no poder ir acompañado pues estoy seguro que sin la influencia de algunas personas no habría estado allí.


Como decía, no me sobraba el tiempo, así que estuve la mayor parte pululando por el Parque de la Ciencia esperando a que se hiciera de noche mientras escuchaba a hurtadillas lo que los miembros de Aster comentaban a otros visitantes. Nunca había tenido tantas ganas de que se hiciera de noche.

Y llegó. Fue agradable, aunque en algún momento punzante. Pero no pude evitar llevarme cierto chasco por culpa de ¡oh, adivínenlo! las expectativas. En ningún momento pensaba en sentirme embriagado por el cosmos o algo por el estilo. Tenía más que ver con el enfoque. Esperaba algo así como una charla magistral sobre la observación del cielo con el público escuchando en plan tribal, y algo hubo de eso, pero las estrellas y las constelaciones no fueron las protagonistas. La noche de Barcelona, aún estando en un punto apartado y algo elevado, tampoco ayudó.
Júpiter y la Luna, al menos mientras estuve por ahí, fueron el objetivo de la gran mayoría de telescopios. Como borregos somos muchos, en todos había cierta cola, y sin duda lo peor de meterte en una era que los miembros de Aster quedaban demasiado lejos como para seguir escuchándoles.
Me gustó poder ver la Luna, me hizo gracia ver Júpiter con sus cuatro satélites galileanos, pero en general mis orejas disfrutaron más que mis ojos.

Foto del web de Cosmocaixa. Debe ser de algún año anterior.
Debía irme al Auditorio para coger asiento de cara al espectáculo Miradas al Universo, una auténtica incógnita. Básicamente había uno de los tres componentes que nos explicaba la historia del Universo mientras los otros dos hacían música en directo, con el refuerzo de unas imágenes proyectadas detrás suyo. Pasados los primeros compases y el beneficio de la duda, no me gustó, que no significa que no fuera un buen espectáculo. No aguanté hasta el final. No me agradó el formato, ni las imágenes, algo pobres. Tampoco los textos o la música, muy protagonista. No ayudaron esas malditas palabras pronunciadas antes de empezar: "Dejaros llevar".

Me fui antes de hora no solo por evitar dormirme, sino porque al contrario de lo que me dijeron en las taquillas, la duración no era de 45 minutos sino de 75, una hora y cuarto. Vamos, hasta las doce y cuarto.  ¡Y el planetario empezaba a las doce!

En teoría... La experiencia anterior, el cansancio y la cola que esperaba a la entrada del planetario ya me hacía temer irme a casa de mala manera. Acabé entrando y con alrededor de media hora de retraso empezó la proyección. Ataviado con las gafas 3D pude dedicarme, esta vez sí, a disfrutar del espectáculo. El sueño de volar, se titulaba. Efectivamente no era algo directamente de temática especial, lo primero que a uno se le pasa por la cabeza al pensar en una instalación así, pero fue igualmente espectacular. Y siempre habrá margen para futuras visitas.


Ahora sí, es la una de la madrugada, la hora de cerrar. Después de recoger el abrigo de la consigna, esta vez harto espaciosa, toca bajar hasta el centro para volver a casa. Afortunadamente, la cantidad de gente en la calle y la ubicación de la parada del bus tranquilizan a uno; no hace falta poner mi expresión de tipo duro para intimidar.
No hay mucha frecuencia de autocares, por lo que toca esperar. Una vez dentro, el conductor me parece un santo. Qué suerte tengo.

Se acaba este nuevo episodio de intrusismo, de veintitres horas de duración. El libro con mapas celestes que tomé prestado urgentemente por si perdía el hilo, deberá esperar su turno.

Escucha Vangelis o Hikouki Gumo

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